Author: Pamela Cruz
•lunes, enero 19, 2009



La respuesta de Samuel a la llamada de Dios sigue siendo ejemplar para los cristianos de nuestro siglo. Dios irrumpió en su vida llamándole a horas intempestivas, en medio de la noche, mientras dormía, cuando todo estaba en reposo. Samuel pensó al principio que era el sacerdote Elí quien le llamaba y acudió presuroso a su lado. Fue Elí quien le hizo comprender que era Dios quien le llamaba, y quién le dio las palabras adecuadas para responder a esa llamada: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Aunque Elí había caído en desgracia ante Dios por no haber tenido el valor de corregir a sus hijos, no careció de inspiración para orientar a Samuel en los caminos de Dios. Samuel hizo suyas las palabras de Elí y las convirtió en un programa de vida. Por eso Dios le siguió hablando. Esas palabras: «Habla, Señor, que tu siervo escucha», nos recuerdan las de María en el episodio de la Anunciación: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Samuel abre de par en par los oídos del corazón para escuchar la palabra del Señor. Se reconoce siervo, disponible a secundar cuanto el Señor le diga o insinúe. Como más tarde María, se pone plenamente a su disposición. Servir a Dios no es esclavizante, sino un honor que dignifica la vida humana. La vida de Samuel, la de María y la de tantos hombres y mujeres dan fe de ello.

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